
Qué suplicio más grande puede haber que el de un cuerpo escueto, vacuo, rajado... Sin razón de ser más que la sed, más que las ansias de sentir vida ajena corriendo por sus venas? De qué sirve ser inmutable, atemporal, si de todas formas está tan anestesiado... Más dolor que saberse inhumano, frío... y muerto. Caminar en noches desiertas, saberse extraño, alienado, espectro devastado...
Buscando compañía eterna, sin más prisa que la de ocultar su monstruosidad de la luz del alba...
Qué belleza más cegadora puede haber que la de un cuerpo cálido, de brazos abiertos y un torrente bermellón deslizándose dentro de su cuerpo? Y el miedo a dañarlo, a matar lo más preciado... Sabiendo entonces, que la soledad puede ser apaleada, pero no muerta...
Y qué tentación más grande, que la de clavar sus colmillos en la suave humanidad, en el ardor de una piel deslumbrante... Por el más simple y puro egoísmo, de querer preservar la belleza de ese ser para uno, de querer compartir la noche eterna y el frío cortante, esperando, simplemente, que el dolor se transforme en pasión, amor, esperanza de, tal vez, no estar tan muerto...
[Aunque escriba de distintos temas, mis pensamientos se desvían inevitablemente hacia vos...De todas formas, culpo a esa imagen.]
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