Caminando por el estrecho corredor de paredes plomizas se escuchaba el frúfrú de su vestido raído, parecían kilómetros los que arrastraban sus cabellos, no se veía el comienzo y ella quería el final de la galería, llena de anhelo en cada célula buscaba un poco de paz para sus manos en carne viva y sus muñecas hechas jirones.
En un paso gatuno y constante, iba perdiendo la noción de la realidad, y el torbellino de su mente le enredaba las pestañas en ribetes inimaginables. Iba a tientas guiándose por el leve repiqueteo que escuchaba y tarareando casi imperceptiblemente porque la quietud mortecina le helaba la sangre, su piel pálida resplandecía en esa oscuridad acogedora, donde se esconden nuestros monstruos y nuestra esencia, aguzó los ojos al vislumbrar un hilo de luz grisáceo "un poco más" se dijo, y se asustó de su propia voz, tan apagada, tan anestesiada... se abrió paso entre las sombras que trataban de arrancarle la piel, manchó de sangre las paredes y el carmesí ardió como fuego, pero ella era hielo. La tela crujió bajo sus pies y el vestido dejó ver unas rodillas gastadas de golpes, tambaleó, pero aprendió a no caer, un poco más, un poco más...
Con la fuerza que le quedaba le puso palabras a la canción de cuna que tarareaba, y el repiqueteo era atronador, la luz de la luna acentuó la blancura de su piel, y la negrura de sus ojos, quedó en el umbral titubeante por un segundo, movió el pie descalzo lleno de rasguños y sintió el frío subiendo por su cuerpo, salió al patio, que parecía recubierto por una tela gastada, de un gris gutural, y se dejó acariciar por las heladas gotas de lluvia negra, y al fin sintió, sintió algo de verdad que recorría su cuerpo entero, se sintió amada, se sintió viva, miró el cielo encapotado, y con su sonrisa ella fue la más hermosa.
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